En psicología el concepto de identidad personal se
refiere al sentido que damos a nuestro propio ser único, diferente a los
demás y continuo en el tiempo. Es el guion mental que hacemos cada persona de
los valores y comportamientos que nos ha transmitido nuestra cultura,
integrándolos conforme a nuestras características individuales y nuestra
experiencia social. Es decir, la idea que tenemos de nuestra
individualidad y de nuestra pertenencia a ciertos grupos.
La función de la identidad es mantener
nuestro equilibrio psíquico mediante dos acciones: 1) darnos una
valoración positiva de nosotros mismos, y 2) adaptarnos al entorno en el que
vivimos. La primera función busca llegar a sentirnos una persona valiosa con
capacidad para actuar ante los diferentes sucesos y elementos. La segunda
función permite modificar ciertos rasgos de nuestra identidad para poder
integrarnos en un nuevo entorno.
La formación de la identidad de un individuo depende
de la cultura y el periodo histórico en el que vive. El entorno en el que
nace transmite unos valores y una forma de actuar y de pensar; por ejemplo, el
sistema de castas en la India considera que el contacto de los brahmanes (la
casta sacerdotal) con miembros de castas inferiores los contamina.
La identidad se relaciona con diferentes corrientes
culturales y, a su vez, está limitada por éstas: la nacionalidad, la
religión, el sexo, el idioma, la raza o etnia…
Un refugiado político cambia algunos rasgos de su identidad
pero sin perder su sensación de continuidad sobre sí mismo: añade a su
tradicional identidad tanto la cultura del país de acogida como la definición
de inmigrante.
Se esfuerza por obtener un reconocimiento sobre su manera de
integrar las diferentes culturas vividas, a menudo desconocidas por los demás.
Negocia de forma perseverante su identidad con el objetivo de superar la
tensión creada por los diferentes códigos culturales y descubrir su lugar en
esa sociedad.
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